sábado, 3 de septiembre de 2016

LA LIBERTAD

Una de las palabras más estropeadas de nuestro lenguaje, luego del amor es la libertad. Libertad, ¡cuántas esclavitudes se generan en tu nombre! Pero ¿qué es libertad? ¿Acaso es la plena coincidencia con lo mejor de uno mismo? Nosotros, los humanos somos seres interiormente divididos; disponemos del libre albedrío para conquistar la libertad. Los griegos distinguían, por eso, entre libre albedrío y libertad. El sistema actual, dirigido por la economía consumista, concibe la libertad como “hacer lo que me da la gana”. Ignora que hacer lo que nos da la gana acaba convirtiéndonos en esclavos de mil cosas. Así, el drogo de hoy creyó ser libre ayer, cuando decidió pincharse; como el fumador de ayer con cáncer de pulmón hoy.
El problema de la libertad radica en nuestra condición contradictoria de ser seres separados entre razón y libertad, ciencia y conciencia, razón y corazón, presente y futuro, materia y espíritu, entre el yo y los otros. Esa división interna puede crearnos mil necesidades falsas. Y cuando nos domina una falsa necesidad acabamos siendo esclavos de algo que parecía una promesa seductora. Por tanto, una primera señal de la libertad radica en el equilibrio emocional y racional (llamado por Aristóteles la prudencia, el justo medio).
Para Pablo de Tarso, nuestro cisma más radical se da entre dos tendencias fatales: la egolatría de quien se cree centro del mundo y acaba convertido en esclavo de mil falsos dioses, y la idolatría secreta del moralista reprimido que acaba siendo un ególatra: porque ya no hace lo bueno por amor al bien, sino porque es esclavo de su propia imagen y necesita sentirse superior a los demás. Contra ambos, Pablo anuncia una nueva posibilidad humana, como la gran aportación del mensaje cristiano: un hombre liberado de sí mismo, de su propio ego y de su afán de reconocimiento, liberado de nuestra inagotable necesidad de justificación. De Pablo podríamos aprender, que nuestra libertad, para ser tal, necesita ser liberada. Esa liberación es la tarea de nuestra existencia y, según Pablo: “Cristo nos liberó [de nosotros mismos] para que seamos verdaderamente libres”.
Según eso, vivimos para aprender a ser libres. Lo cual resulta subversivo en una sociedad que predica que vivimos para ser felices, y pone nuestra dicha en consumir más y mejor. F. Nietzsche enseñaba que el ser humano tiene que elegir entre felicidad y libertad. Si elige la primera quizá se creerá feliz pero no será más que un esclavo contento, cuya vida carece de sentido. Si elige la libertad, su vida podrá estar sembrada de disgustos y dificultades, pero será una vida con sentido. Y el sentido es toda la felicidad a que podemos aspirar en este valle de lágrimas.
Aunque parezca paradójico, la auténtica y verdadera libertad se encuentra en el interior de cada uno de nosotros, no está afuera, no está en las cosas ni en los placeres de la vida, porque si disfrutas por fuera y por dentro estás vacío, se llama esclavitud, dependencia, mendigar amor… Empero, si primero estás bien contigo mismo, luego disfrutas de lo que eres y tienes, solo así saborearás lo bello que es vivir. Ya decía Agustín de Hipona: “¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Me retenía lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti”. De este modo, la libertad está en Dios, que Jesús nos lleva a ser libres, porque la verdad nos hace libres.

miércoles, 15 de junio de 2016

MISERICORDIA SOLAMENTE

Sabemos perfectamente por experiencia personal o compartida por otros que existen palabras traidoras. Palabras que quieren significar cosas buenas, pero sólo oírlas ya suenan mal a los oídos, al menos a algunos oídos. Una de esas es la misericordia. Al oír la palabra misericordia muchas personas piensan en sentimentalismo barato, obras de caridad para rehuir la justicia, ayuda a las personas sin pensar en las causas que las hacen sufrir. Una palabra importante, pero engañosa, porque no quiere significar otra cosa que el sentimiento personal profundo por el sufrimiento de los demás, un sentimiento que mueve a la acción sincera y generosa para aliviar este sufrimiento. Corazón y miseria componen las dos partes de esta palabra: un corazón que siente la miseria o sufrimiento de los demás. La misericordia es pues un sentimiento profundo y dinámico, que no permite que quien lo siente se quede inmóvil o pasivo ante tanto sufrimiento que hay en la humanidad. Es el alma de la solidaridad, de la acción social, del compromiso por la justicia. Por un lado, la compasión es propiamente la actitud permanente que se da en cualquier situación, siempre que hay fraternidad y amor, y por otra parte, la misericordia es la compasión hacia la persona que sufre. Una actitud profunda, una conmoción del corazón, que conduce a los actos de solidaridad.

lunes, 28 de marzo de 2016

Estrés estudiantil

ESTRÉS ESTUDIANTIL

Como profesor que soy, observo detenidamente que a los padres de familia se les informa, en las reuniones o entrevistas escolares, que los estudiantes (sus hijos) estaban sobrecargados y estresados debido a tanto trabajo y demasiadas exigencias. La salud del alumno es una preocupación creciente porque en un 20% muestran un cuadro severo o moderado sobre síntomas de depresión, y en gran escala sufren de ansiedad (45%). Sucede que las horas de tarea, entrenamientos deportivos diarios, ensayos musicales, talleres diversos de extensión curricular, deberes de fin de semana, torneos, algún idioma en especial son debilitantes.

Al conversar con varios padres de familia y, sobre todo, con los mismos alumnos, concluyo que este impulso por el éxito está erosionando la salud mental de los adolescentes y jóvenes y, de este modo, minan su potencial. De hecho, la educación moderna –positivista- está enfermando a los estudiantes. Los médicos y psicopedagogos con mayor frecuencia ven a niños(as) de primaria sufriendo de migrañas y úlceras.

En algunos casos, el esfuerzo temprano puede producir un prodigio como un niño(a) que aprende a leer a los  4 años de edad, toca algún instrumento musical a los 7, domina las matemáticas a los 10 y habla idiomas extranjeros a los 13; empero, rara vez éstos se convierten  en adultos genios. El detalle de todo este sistema educativo “exigente” está en que los alumnos no llegan a ser originales, es decir, son lo que sus padres o la sociedad piden que sean, pero no se preguntan si eso quieren ellos. Los ejemplos más claros los tenemos en la biografía de los grandes genios del mundo científico, artístico, deportivo, etc., que de niños, la gran mayoría de ellos, rompió con los esquemas exigentes del sistema, y se apartaron de ellos, siendo considerados “rebeldes”, pero más tarde son los grandes genios. Sabemos que la práctica hace al maestro, pero no hace a la novedad. Como dijo muy bien Steve Job: “Si quieres ser diferente de los demás, haz algo diferente desde ya, porque si haces lo mismo que todos, entonces serás uno más de lo mismo. Revoluciona”.


En mis entrevistas con los padres de familia termino exhortándoles con lo siguiente: “Si quieres que tu hijo aporte ideas originales al mundo, necesitas dejarlo seguir sus pasiones, no las tuyas. Ah, pero eso sí, orienta sus motivaciones”.

miércoles, 3 de febrero de 2016

2016 EN LA IGLESIA AÑO DE LA MISERICORDIA

Su santidad, el Papa Francisco promueve que todos nosotros, bautizados o personas de buena voluntad vivamos nuestra fe o creencia desde la misericordia. Dicha vivencia ha de ser la que el pueblo de Dios debe tender hacia todos aquellos que fracasan en el intento de lograr el ideal evangélico propuesto por Jesús. Así mismo debemos tener una mirada de misericordia cuando los que fracasamos somos nosotros puesto que la misericordia supera a la justicia. Un mundo justo eliminaría la gran mayoría de problemas de la humanidad actual. Pero la justicia según la cual se tiene que “dar a cada uno según lo que le corresponde” nos aboca a una meritocracia religiosa o económica que requiere sistemas de compensación para todos aquellos que no consiguen hacer méritos. Sin misericordia, un sistema de justicia se vuelve cruel hacia los más débiles. Un Dios exclusivamente justo acaba siendo implacable con los pecadores (ver Antiguo Testamento). Jesús, en cambio, se rodeó de gente que no tenía ningún mérito ante la sociedad: pecadores, ladrones, leprosos, ciegos, prostitutas…Igualmente, un sistema económico que fundamente toda la retribución en el mérito acaba condenando al olvido o maltrato a mucha gente que, por falta de oportunidades son incapaces de conseguir o mantener un trabajo y una vida digna. Los méritos no son iguales porque los puntos de partida tampoco lo son. La mirada de misericordia es necesaria para dejar de mirar a todos los marginados de nuestra sociedad como culpables y merecedores de su propia suerte y pide al ser humano una acogida sin condiciones. Para lograr esta mirada de misericordia, todos necesitamos una revolución de afecto y ternura, para mirar al mundo y para mirarnos a nosotros mismos y para actuar desde la compasión. El relativismo e individualismo están robándonos la esperanza de un mundo más justo y digno. ¿No será que este año de la misericordia sea la ahora cuando nos tenemos que negar al hecho de que el mal triunfe en nuestro corazón? Sin duda es ahora, cuando el mal nos deja desnudos y a la intemperie, cuando tenemos que confiar en el poder del afecto y de la ternura, desde lo más pequeño de nuestras relaciones y vidas cotidianas para transformar el mundo. Veamos a Jesucristo como el rostro de la misericordia del Padre que ha demostrado hacer palpable la caridad en la verdad.

lunes, 21 de diciembre de 2015

El dolor humano y Jesús

EL DOLOR HUMANO Y JESÚS
El sufrimiento de Jesús, para poder entenderlo, hay que encuadrarlo en su alegría de vivir.

Recuerdo con claridad, estando en el noviciado, haber leído una frase que ha marcado mucho mi vida personal; dice la frase: “Si vives intensamente los momentos buenos de tu vida, es muy posible que en los momentos malos, puedas superar el dolor”; es decir, “el poder mirar hacia atrás, y sentirnos satisfechos con lo realizado, nos confirma lo bello que es vivir”. Ahora siendo sacerdote, cada vez más comprendo tales ideas. Más todavía desde la vida humana, y tan humano como nuestro señor Jesucristo, nadie; porque en Jesús, tanto el sentimiento de alegría como de dolor parten de la experiencia de Dios; y experiencia de Dios quiere decir lo bueno, lo noble, lo bello, lo mejor, lo sagrado. Pero el dolor no es ajeno a lo divino, ya que el dolor es un dolor aceptado como parte de nuestro acercamiento a Dios y no como fruto de culpa o castigo por el mal. Jesús acepta el dolor desde la fe, como algo que debe ser vencido. Jesús ve el dolor como parte de la sensibilidad en el amor, como forma de sintonía y capacidad de respuesta ante el dolor o necesidad ajenos. El dolor de Jesús es una apertura hacia el dolor ajeno que lo potencia e impulsa a aliviar el dolor de los demás. Nosotros, en cambio, muchas veces vemos el dolor como castigo, como algo ajeno a nuestra naturaleza y por ello nos paraliza, nos quita la capacidad de amar, de gozar y de interesarnos por los demás. No estamos ni queremos estar familiarizados con él; nos hacemos insensibles. La realidad de la vida nos hace experimentar que solo el que sabe sufrir es el que sabe vivir y amar. El sufrimiento de Jesús, para poder entenderlo, hay que encuadrarlo en su alegría de vivir: su anuncio de la “buena nueva”, sus encuentros con la gente llenos de esperanza. En él comprendemos que solo tienen capacidad de alegrarse verdaderamente los que son también capaces de asumir el sufrimiento como oportunidad de crecimiento y maduración.

Muchas veces el precio que tenemos que pagar por evitar a toda costa el dolor es la insensibilidad frente a todo lo que vale la pena en la vida. No es por casualidad que allí donde nuestro mundo es más hedonista y relativista donde se evita el dolor a toda costa, en los países más desarrollados, se dan el hastío, la angustia y aun la desesperación y el suicidio. No podemos seguir desarrollando esa sensibilidad puramente epidérmica del hombre posmoderno, cultivando un cristianismo sin interioridad ni experiencia profunda donde el individuo pueda refugiarse de la dureza e indiferencia de nuestro sistema, encerrándose en una fe privada, individual y sentimental. El único criterio de verificación de nuestro ser cristiano y humano es nuestro amor concreto y real a los demás, con las consecuencias que eso implica. Como nos lo señala muy firmemente el evangelista Juan: “quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (1Jn. 4, 20).

Si algo nos va a pedir y aun exigir cada año es la capacidad de conmovernos frente a la desdicha ajena, el gesto de acogida y comprensión ante el dolor del otro. Será necesario aquel principio de misericordia que rigió toda la vida de Jesús y que lo llevaba a que se le “conmovieran las entrañas” ante el dolor ajeno, y que a su vez lo señala y pone como modelo en la parábola del “Buen Samaritano”, en la cual queda expresada la actitud humana por excelencia. Solo cuando nos sintamos identificados con todo hombre, sea cual sea su condición, cuando lo valoremos y respetemos más allá de su nacionalidad, religión, raza, condición humana o género, habremos entendido lo que es ser humano, nuestra propia humanidad.

No solo es necesario interiorizar el sufrimiento de los hombres y mujeres crucificados en nuestro mundo, sino también comprometerse en erradicarlo o, al menos, aliviar en lo posible ese sufrimiento. Bien lo está afirmando con sus frases cortas, pero acertadas de nuestro Papa Francisco, aludiendo, en primer lugar a la paz y justicia que deben reinar entre las naciones; luego está la atención primera por los más débiles y necesitados de amor, perdón, confianza, comida.


Solamente las personas que “comprenden” el dolor en carne propia son quienes se involucran en la acción del buen samaritano, y todas aquellas otras personas que son movidos por el poder del Espíritu Santo.

jueves, 15 de octubre de 2015

ANILLO DE MATRIMONIO

De hierro, plata u oro, o de cualquier aleación, el pequeño aro que se coloca en los dedos adquirió una significación más alta que la que tenía en la antigüedad pagana, tan pronto la Iglesia lo constituyó en símbolo de alianza indisoluble entre los dos cónyuges. Claro que los judíos y los romanos -e incluso se cree que otros pueblos paganos, tenían la costumbre de que el varón le colocaba en el meñique un anillo a su futura esposa, pero era un anillo con un significado distinto. Se trataba de un voto de confianza entregándole una réplica del anillo o sello personal que él llevaba en el pulgar con el que lacraba sus cartas confidenciales y sus contratos. Costumbre más de las clases pudientes que de las populares. Sin embargo, cosa distinta es que él y ella de cualquier clase social, intercambien anillos nupciales el día de la boda y se acostumbre colocarlo en el dedo anular de la mano izquierda, bien junto al del corazón donde se siente más el pulsar del poderoso órgano que simboliza al amor que debe ser solamente para Dios. Puede sonar muy romántico y hasta sentimental, pero la costumbre que nació así en la Europa del siglo VI, se extendió por todo el planeta y todavía hoy bajo cualquier nominación religiosa o cultura, los matrimonios intercambian anillos en el ya universalmente llamado dedo anular de la mano izquierda.

En algunos países se les denomina "alianzas" y es usual que ellas ingresen solemnemente al templo sobre un elegante almohadón pequeño llevado en las manos de un pajecillo. Durante la aplicación del Sacramento el sacerdote las bendice y rocía con agua bendita, y acto seguido convida los novios a que mutuamente se las intercambien repitiendo palabras de compromiso, fidelidad y amor. Por supuesto que este pequeño ceremonial incluido dentro del sacramento no es obligatorio ni su ausencia invalidaría un matrimonio. Dignificado por la solemnidad sobrenatural, como solamente la Iglesia podía haberlo concebido para la mayor gloria de Dios y consolidación del amor conyugal, trasmite mayor sentido al mutuo convenio de una pareja.

Pero el anillo nupcial puede llegar a revestir condición de auténtico sacramental como el llamado Piscatorio o anillo del pescador, aquel que se colca al nuevo Pontífice una vez proclamado después del Cónclave. O como el que reciben los religiosos desde cardenales y obispos hasta monjas. Bendito y elevado de categoría, el anillo nupcial pasa de ser un simple arito así sea de modesto hierro, a convertirse en un instrumento de vida consagrada como si se tratara también de una profesión de vida religiosa, llena de renuncias y sacrificios santificantes. Signo de oración de la iglesia por sus hijos, dispone para recibir gracias y otros efectos para la vida espiritual, y puede incluso llegar a tener la fuerza de un exorcismo contra tentaciones y ataques de espíritus malignos que inducen al adulterio y la fornicación. Llevar siempre consigo ese anillo, más que un acto de amor y fidelidad o un deber conyugal, es mejor una buena protección, ya que bien se dice que una vez constituida la pareja conyugal, Dios asigna un ángel especial para ella, y su finalidad es protegerla y protegerlos individualmente en función del matrimonio como a "una sola carne" que ya son los dos. Una sola carne eran antes de que Dios sacara a Eva del costado de Adán, una sola carne vuelven a ser ahora hasta que la muerte los separe y en el Cielo sean como ángeles. (Mc 12,25).

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