sábado, 12 de noviembre de 2016

SEIS CLAVES PARA SER FELIZ SEGÚN LA UNIVERSIDAD DE HARVARD

Durante varios años, algunos de los estudiantes de Psicología de esta universidad americana han sido un poco más felices, no solo por estudiar en una de las mejores facultades del mundo, sino porque, de hecho, han aprendido a través de una asignatura. Su profesor, el doctor israelí Tal Ben-Shahar, es experto en Psicología Positiva, una de las corrientes más extendidas y aceptadas en todo el mundo y que él mismo define como “la ciencia de la felicidad”. De hecho, sostiene que la alegría se puede aprender, del mismo modo que uno se instruye para esquiar o a jugar al golf: con técnica y práctica. Aceptar la vida tal y como es te liberará del miedo al fracaso y de unas expectativas perfeccionistas. El secreto parece estar en aceptar la vida tal y como es, lo cual, según sus palabras, “te liberará del miedo al fracaso y de unas expectativas perfeccionistas”. Estos son sus seis consejos principales para sentirse afortunado y contento:

1. Perdone sus fracasos. Es más: ¡celébrelos! “Al igual que es inútil quejarse del efecto de la gravedad sobre la Tierra, es imposible tratar de vivir sin emociones negativas, ya que forman parte de la vida, y son tan naturales como la alegría, la felicidad y el bienestar. Aceptando las emociones negativas, conseguiremos abrirnos a disfrutar de la positividad y la alegría”. Se trata de darnos el derecho a ser humanos y de perdonarnos la debilidad.

2. No dé lo bueno por hecho: agradézcalo. Cosas grandes y pequeñas. "Esa manía que tenemos de pensar que las cosas vienen dadas y siempre estarán ahí tiene poco de realista".

3. Haga deporte. Para que funcione no es necesario machacarse en el gimnasio o correr 10 km. diarios. Basta con practicar un ejercicio suave como caminar a paso rápido durante 30 minutos al día para que el cerebro secrete endorfinas, esas sustancias que nos hacen sentir drogados de felicidad, porque en realidad son unos opiáceos naturales que produce nuestro propio cerebro, que mitigan el dolor y causan placer.

4. Simplifique, en el ocio y el trabajo. “Identifiquemos qué es lo verdaderamente importante, y concentrémonos en ello”. Ya se sabe que “quien mucho abarca, poco aprieta”, y por ello lo mejor es centrarse en algo y no intentarlo todo a la vez. Y no se refiere solo al trabajo, sino también al área personal y al tiempo de ocio: “Mejor apagar el teléfono y desconectar del trabajo esas dos o tres horas que se pasa con la familia”.

5. Aprenda a meditar, orar, hacer “silencio habitado”. Este sencillo hábito combate el estrés. A largo plazo, la práctica continuada de ejercicios de meditación contribuye a afrontar mejor los baches de la vida, superar las crisis con mayor fortaleza interior y ser más nosotros mismos bajo cualquier circunstancia.

6. Practique una nueva habilidad: la resiliencia. La felicidad depende de nuestro estado mental, no de la cuenta corriente. Concretamente, “nuestro nivel de dicha lo determinará aquello en lo que nos fijemos y en las atribuciones del éxito o el fracaso”. Esto se conoce como locus de control o lugar en el que situamos la responsabilidad de los hechos.


Ponga en práctica estos pasos sencillos en su vida y verá los grandes beneficios.

sábado, 3 de septiembre de 2016

LA LIBERTAD

Una de las palabras más estropeadas de nuestro lenguaje, luego del amor es la libertad. Libertad, ¡cuántas esclavitudes se generan en tu nombre! Pero ¿qué es libertad? ¿Acaso es la plena coincidencia con lo mejor de uno mismo? Nosotros, los humanos somos seres interiormente divididos; disponemos del libre albedrío para conquistar la libertad. Los griegos distinguían, por eso, entre libre albedrío y libertad. El sistema actual, dirigido por la economía consumista, concibe la libertad como “hacer lo que me da la gana”. Ignora que hacer lo que nos da la gana acaba convirtiéndonos en esclavos de mil cosas. Así, el drogo de hoy creyó ser libre ayer, cuando decidió pincharse; como el fumador de ayer con cáncer de pulmón hoy.
El problema de la libertad radica en nuestra condición contradictoria de ser seres separados entre razón y libertad, ciencia y conciencia, razón y corazón, presente y futuro, materia y espíritu, entre el yo y los otros. Esa división interna puede crearnos mil necesidades falsas. Y cuando nos domina una falsa necesidad acabamos siendo esclavos de algo que parecía una promesa seductora. Por tanto, una primera señal de la libertad radica en el equilibrio emocional y racional (llamado por Aristóteles la prudencia, el justo medio).
Para Pablo de Tarso, nuestro cisma más radical se da entre dos tendencias fatales: la egolatría de quien se cree centro del mundo y acaba convertido en esclavo de mil falsos dioses, y la idolatría secreta del moralista reprimido que acaba siendo un ególatra: porque ya no hace lo bueno por amor al bien, sino porque es esclavo de su propia imagen y necesita sentirse superior a los demás. Contra ambos, Pablo anuncia una nueva posibilidad humana, como la gran aportación del mensaje cristiano: un hombre liberado de sí mismo, de su propio ego y de su afán de reconocimiento, liberado de nuestra inagotable necesidad de justificación. De Pablo podríamos aprender, que nuestra libertad, para ser tal, necesita ser liberada. Esa liberación es la tarea de nuestra existencia y, según Pablo: “Cristo nos liberó [de nosotros mismos] para que seamos verdaderamente libres”.
Según eso, vivimos para aprender a ser libres. Lo cual resulta subversivo en una sociedad que predica que vivimos para ser felices, y pone nuestra dicha en consumir más y mejor. F. Nietzsche enseñaba que el ser humano tiene que elegir entre felicidad y libertad. Si elige la primera quizá se creerá feliz pero no será más que un esclavo contento, cuya vida carece de sentido. Si elige la libertad, su vida podrá estar sembrada de disgustos y dificultades, pero será una vida con sentido. Y el sentido es toda la felicidad a que podemos aspirar en este valle de lágrimas.
Aunque parezca paradójico, la auténtica y verdadera libertad se encuentra en el interior de cada uno de nosotros, no está afuera, no está en las cosas ni en los placeres de la vida, porque si disfrutas por fuera y por dentro estás vacío, se llama esclavitud, dependencia, mendigar amor… Empero, si primero estás bien contigo mismo, luego disfrutas de lo que eres y tienes, solo así saborearás lo bello que es vivir. Ya decía Agustín de Hipona: “¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Me retenía lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti”. De este modo, la libertad está en Dios, que Jesús nos lleva a ser libres, porque la verdad nos hace libres.

miércoles, 15 de junio de 2016

MISERICORDIA SOLAMENTE

Sabemos perfectamente por experiencia personal o compartida por otros que existen palabras traidoras. Palabras que quieren significar cosas buenas, pero sólo oírlas ya suenan mal a los oídos, al menos a algunos oídos. Una de esas es la misericordia. Al oír la palabra misericordia muchas personas piensan en sentimentalismo barato, obras de caridad para rehuir la justicia, ayuda a las personas sin pensar en las causas que las hacen sufrir. Una palabra importante, pero engañosa, porque no quiere significar otra cosa que el sentimiento personal profundo por el sufrimiento de los demás, un sentimiento que mueve a la acción sincera y generosa para aliviar este sufrimiento. Corazón y miseria componen las dos partes de esta palabra: un corazón que siente la miseria o sufrimiento de los demás. La misericordia es pues un sentimiento profundo y dinámico, que no permite que quien lo siente se quede inmóvil o pasivo ante tanto sufrimiento que hay en la humanidad. Es el alma de la solidaridad, de la acción social, del compromiso por la justicia. Por un lado, la compasión es propiamente la actitud permanente que se da en cualquier situación, siempre que hay fraternidad y amor, y por otra parte, la misericordia es la compasión hacia la persona que sufre. Una actitud profunda, una conmoción del corazón, que conduce a los actos de solidaridad.

lunes, 28 de marzo de 2016

Estrés estudiantil

ESTRÉS ESTUDIANTIL

Como profesor que soy, observo detenidamente que a los padres de familia se les informa, en las reuniones o entrevistas escolares, que los estudiantes (sus hijos) estaban sobrecargados y estresados debido a tanto trabajo y demasiadas exigencias. La salud del alumno es una preocupación creciente porque en un 20% muestran un cuadro severo o moderado sobre síntomas de depresión, y en gran escala sufren de ansiedad (45%). Sucede que las horas de tarea, entrenamientos deportivos diarios, ensayos musicales, talleres diversos de extensión curricular, deberes de fin de semana, torneos, algún idioma en especial son debilitantes.

Al conversar con varios padres de familia y, sobre todo, con los mismos alumnos, concluyo que este impulso por el éxito está erosionando la salud mental de los adolescentes y jóvenes y, de este modo, minan su potencial. De hecho, la educación moderna –positivista- está enfermando a los estudiantes. Los médicos y psicopedagogos con mayor frecuencia ven a niños(as) de primaria sufriendo de migrañas y úlceras.

En algunos casos, el esfuerzo temprano puede producir un prodigio como un niño(a) que aprende a leer a los  4 años de edad, toca algún instrumento musical a los 7, domina las matemáticas a los 10 y habla idiomas extranjeros a los 13; empero, rara vez éstos se convierten  en adultos genios. El detalle de todo este sistema educativo “exigente” está en que los alumnos no llegan a ser originales, es decir, son lo que sus padres o la sociedad piden que sean, pero no se preguntan si eso quieren ellos. Los ejemplos más claros los tenemos en la biografía de los grandes genios del mundo científico, artístico, deportivo, etc., que de niños, la gran mayoría de ellos, rompió con los esquemas exigentes del sistema, y se apartaron de ellos, siendo considerados “rebeldes”, pero más tarde son los grandes genios. Sabemos que la práctica hace al maestro, pero no hace a la novedad. Como dijo muy bien Steve Job: “Si quieres ser diferente de los demás, haz algo diferente desde ya, porque si haces lo mismo que todos, entonces serás uno más de lo mismo. Revoluciona”.


En mis entrevistas con los padres de familia termino exhortándoles con lo siguiente: “Si quieres que tu hijo aporte ideas originales al mundo, necesitas dejarlo seguir sus pasiones, no las tuyas. Ah, pero eso sí, orienta sus motivaciones”.

miércoles, 3 de febrero de 2016

2016 EN LA IGLESIA AÑO DE LA MISERICORDIA

Su santidad, el Papa Francisco promueve que todos nosotros, bautizados o personas de buena voluntad vivamos nuestra fe o creencia desde la misericordia. Dicha vivencia ha de ser la que el pueblo de Dios debe tender hacia todos aquellos que fracasan en el intento de lograr el ideal evangélico propuesto por Jesús. Así mismo debemos tener una mirada de misericordia cuando los que fracasamos somos nosotros puesto que la misericordia supera a la justicia. Un mundo justo eliminaría la gran mayoría de problemas de la humanidad actual. Pero la justicia según la cual se tiene que “dar a cada uno según lo que le corresponde” nos aboca a una meritocracia religiosa o económica que requiere sistemas de compensación para todos aquellos que no consiguen hacer méritos. Sin misericordia, un sistema de justicia se vuelve cruel hacia los más débiles. Un Dios exclusivamente justo acaba siendo implacable con los pecadores (ver Antiguo Testamento). Jesús, en cambio, se rodeó de gente que no tenía ningún mérito ante la sociedad: pecadores, ladrones, leprosos, ciegos, prostitutas…Igualmente, un sistema económico que fundamente toda la retribución en el mérito acaba condenando al olvido o maltrato a mucha gente que, por falta de oportunidades son incapaces de conseguir o mantener un trabajo y una vida digna. Los méritos no son iguales porque los puntos de partida tampoco lo son. La mirada de misericordia es necesaria para dejar de mirar a todos los marginados de nuestra sociedad como culpables y merecedores de su propia suerte y pide al ser humano una acogida sin condiciones. Para lograr esta mirada de misericordia, todos necesitamos una revolución de afecto y ternura, para mirar al mundo y para mirarnos a nosotros mismos y para actuar desde la compasión. El relativismo e individualismo están robándonos la esperanza de un mundo más justo y digno. ¿No será que este año de la misericordia sea la ahora cuando nos tenemos que negar al hecho de que el mal triunfe en nuestro corazón? Sin duda es ahora, cuando el mal nos deja desnudos y a la intemperie, cuando tenemos que confiar en el poder del afecto y de la ternura, desde lo más pequeño de nuestras relaciones y vidas cotidianas para transformar el mundo. Veamos a Jesucristo como el rostro de la misericordia del Padre que ha demostrado hacer palpable la caridad en la verdad.

lunes, 21 de diciembre de 2015

El dolor humano y Jesús

EL DOLOR HUMANO Y JESÚS
El sufrimiento de Jesús, para poder entenderlo, hay que encuadrarlo en su alegría de vivir.

Recuerdo con claridad, estando en el noviciado, haber leído una frase que ha marcado mucho mi vida personal; dice la frase: “Si vives intensamente los momentos buenos de tu vida, es muy posible que en los momentos malos, puedas superar el dolor”; es decir, “el poder mirar hacia atrás, y sentirnos satisfechos con lo realizado, nos confirma lo bello que es vivir”. Ahora siendo sacerdote, cada vez más comprendo tales ideas. Más todavía desde la vida humana, y tan humano como nuestro señor Jesucristo, nadie; porque en Jesús, tanto el sentimiento de alegría como de dolor parten de la experiencia de Dios; y experiencia de Dios quiere decir lo bueno, lo noble, lo bello, lo mejor, lo sagrado. Pero el dolor no es ajeno a lo divino, ya que el dolor es un dolor aceptado como parte de nuestro acercamiento a Dios y no como fruto de culpa o castigo por el mal. Jesús acepta el dolor desde la fe, como algo que debe ser vencido. Jesús ve el dolor como parte de la sensibilidad en el amor, como forma de sintonía y capacidad de respuesta ante el dolor o necesidad ajenos. El dolor de Jesús es una apertura hacia el dolor ajeno que lo potencia e impulsa a aliviar el dolor de los demás. Nosotros, en cambio, muchas veces vemos el dolor como castigo, como algo ajeno a nuestra naturaleza y por ello nos paraliza, nos quita la capacidad de amar, de gozar y de interesarnos por los demás. No estamos ni queremos estar familiarizados con él; nos hacemos insensibles. La realidad de la vida nos hace experimentar que solo el que sabe sufrir es el que sabe vivir y amar. El sufrimiento de Jesús, para poder entenderlo, hay que encuadrarlo en su alegría de vivir: su anuncio de la “buena nueva”, sus encuentros con la gente llenos de esperanza. En él comprendemos que solo tienen capacidad de alegrarse verdaderamente los que son también capaces de asumir el sufrimiento como oportunidad de crecimiento y maduración.

Muchas veces el precio que tenemos que pagar por evitar a toda costa el dolor es la insensibilidad frente a todo lo que vale la pena en la vida. No es por casualidad que allí donde nuestro mundo es más hedonista y relativista donde se evita el dolor a toda costa, en los países más desarrollados, se dan el hastío, la angustia y aun la desesperación y el suicidio. No podemos seguir desarrollando esa sensibilidad puramente epidérmica del hombre posmoderno, cultivando un cristianismo sin interioridad ni experiencia profunda donde el individuo pueda refugiarse de la dureza e indiferencia de nuestro sistema, encerrándose en una fe privada, individual y sentimental. El único criterio de verificación de nuestro ser cristiano y humano es nuestro amor concreto y real a los demás, con las consecuencias que eso implica. Como nos lo señala muy firmemente el evangelista Juan: “quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (1Jn. 4, 20).

Si algo nos va a pedir y aun exigir cada año es la capacidad de conmovernos frente a la desdicha ajena, el gesto de acogida y comprensión ante el dolor del otro. Será necesario aquel principio de misericordia que rigió toda la vida de Jesús y que lo llevaba a que se le “conmovieran las entrañas” ante el dolor ajeno, y que a su vez lo señala y pone como modelo en la parábola del “Buen Samaritano”, en la cual queda expresada la actitud humana por excelencia. Solo cuando nos sintamos identificados con todo hombre, sea cual sea su condición, cuando lo valoremos y respetemos más allá de su nacionalidad, religión, raza, condición humana o género, habremos entendido lo que es ser humano, nuestra propia humanidad.

No solo es necesario interiorizar el sufrimiento de los hombres y mujeres crucificados en nuestro mundo, sino también comprometerse en erradicarlo o, al menos, aliviar en lo posible ese sufrimiento. Bien lo está afirmando con sus frases cortas, pero acertadas de nuestro Papa Francisco, aludiendo, en primer lugar a la paz y justicia que deben reinar entre las naciones; luego está la atención primera por los más débiles y necesitados de amor, perdón, confianza, comida.


Solamente las personas que “comprenden” el dolor en carne propia son quienes se involucran en la acción del buen samaritano, y todas aquellas otras personas que son movidos por el poder del Espíritu Santo.